Israel luego de 430 años de opresión y esclavitud en Egipto, ahora estaba a portas de obtener su libertad. Pero se encontraba atrapado entre el Mar Rojo cerrándoles el paso y atrás muy cerca, el poderoso ejército con toda su fuerza militar. Era una escena aterradora y sin salida, no había una estrategia humana que pudiera resolver esa situación. En el momento exacto, cuando todo parecía absolutamente perdido, Moisés le dio al pueblo una instrucción casi imposible de obedecer y fue: ¡Estén quietos!
Imagínate amado lector, lo contradictorio de tener el peligro cerca, pero el instinto humano nos grita que hagamos algo, sea correr, pelear, negociar o resolver. Pero la instrucción de Dios fue exactamente contraria: Quedarse quietos, mientras Él peleaba la batalla que a ellos les parecía imposible de ganar.
Y es que no toda batalla que podamos enfrentar, nos pertenece.

Hay guerras que Dios nos pide pelear con oración, obediencia y disciplina espiritual. Pero existen otras batallas, como una enfermedad terminal, una relación rota que no se puede arreglar en nuestras propias fuerzas, provisión financiera que no depende de cuánto trabajemos o sentirnos perseguidos injustamente. Nada de lo anterior lo podemos controlar y son peleas que no fueron diseñadas para batallarlas solos. Son batallas que le pertenecen sólo a Dios.
El gran problema de muchos, es que aman pelear batallas que nadie les pidió enfrentar y que no les corresponden, trayendo consigo agotamiento. Las estrategias humanas nunca resolverán lo que sólo la mano de Dios le corresponde y puede solucionar. En ese esfuerzo infructuoso, terminamos exhaustos, ansiosos y no veremos nunca avances, porque empujamos una puerta que Dios nunca nos pidió tocar.
Quedarnos quietos significa:
1. FE EN ACCION, NO PASIVIDAD
No confundamos la instrucción de Dios con inactividad. Israel no se quedó dormido esperando que algo pasara, se mantuvo firme, en fe, mirando hacia adelante, mientras Dios abría un camino en medio del mar que ningún ejército humano jamás habría podido construir.
2. RESOLVER EN LAS FUERZAS DE DIOS
Detenernos en una batalla que no nos corresponde pelear, no significa dejar de orar, creer, o desobedecer. Es pelear en las fuerzas de Dios, no en las nuestras. Esto es muy difícil, sobre todo cuando sentimos que la presión aumenta, nos persiguen las deudas, un diagnóstico médico no es favorable, una situación familiar se torna compleja, y todo en ti quiere tomar el control. Pero es justo ahí donde se prueba la confianza, insistimos en pelear con tus propias armas, o confiamos en Aquel que abrió el mar, también abrirá un nuevo camino.
3. ESTAR CERCA DEL MILAGRO, AUNQUE VEAMOS TODO PERDIDO
El Mar Rojo no se abrió porque Israel encontró la estrategia correcta. Se abrió porque Dios peleó una batalla que ellos nunca hubieran podido ganar sólos. Lo que parecía el final absoluto de Israel, se convirtió en un milagro recordado de generación en generación y aún hoy es un testimonio que seguimos contando.
Eso mismo puede pasar con la batalla que hoy sientes que te tiene acorralado; lo que parece tu final se convertirá en el testimonio que contarás con más fuerza que cualquier otro momento de tu vida: Dejaste de pelear con tus fuerzas y empezaste a confiar en las suyas. Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel
