Existen cansancios que no se resuelven durmiendo ocho horas por la noche, tomando una corta siesta o saliendo el fin de semana, a disfrutar de un lugar agradable. A veces son los cansancios del alma los que llevan algún tiempo esperando por una respuesta de parte de Dios. Ese cansancio que sólo entiende, quien ha servido, orado y creído en el Señor, pero aún así, siente que perdió las fuerzas antes de ver el milagro. El profeta Isaías en el pasaje de hoy, le habla a un pueblo agotado y exiliado, que había empezado a preguntarse si Dios todavía tenía sus ojos puestos en ellos. En medio de la fatiga, sólo les ofreció fuerzas nuevas. Si te encuentras cansado y cargado amado lector, Dios te promete darte una nueva dosis de fuerza en medio de la tormenta, para que puedas atravesarla y volar por encima de ella cuando parezca que te vas a hundir.

Todos sentimos cansancio, porque nuestras fuerzas humanas tienen un límite, y más cuando llevamos mucho tiempo cargando el mismo peso de siempre, sin ver cambio alguno. La buena noticia es que el Dios al que le clamamos no se queda observando nuestro cansancio, sino que nos ofrece renovar nuestras propias fuerzas dándonos de las suyas.
No necesitamos encontrar fuerzas dentro de nosotros mismos, sino buscarle a él cuando sentimos que ya no queda nada. Esperar en Jehová, es depositar nuestra confianza, expectativa y esperanza completamente en Él, mientras Él hace lo que nosotros no podemos hacer. El águila no lucha ni huye de la tormenta, sino que se eleva sobre las corrientes de viento que la tormenta genera. Ella usa esa misma fuerza que parecería destructiva para subir más alto de lo que podría llegar en un día tranquilo. Así trabaja Dios cuando nos renueva las fuerzas. No siempre elimina la tormenta que enfrentamos. El nos enseña a usar esa misma presión para elevarnos por encima de ella, en vez de dejar que nos hunda.
Esto cambia por completo la manera en que puedes ver tu situación actual: presión financiera, luchas familiares, incertidumbre laboral y todo lo que sientes que te aplasta, puede ser en las manos de Dios, esa corriente exacta que te eleve a un lugar de fe y madurez que nunca hubieras alcanzado estando en calma.
Correr sin cansarnos es un milagro, así como
la sanidad instantánea, la puerta que se abre de un día para otro o la provisión que cae del cielo sin ningún esfuerzo de por medio. Pero el milagro más hermoso es saber que podemos sostener una familia, servir y criar a nuestros hijos, con una fuerza que sabemos no es nuestra, sino de Dios, porque las fuerzas propias se habían agotado hace mucho tiempo. Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel
