¿Cuántas veces has experimentado hablar con alguien que no te escucha, o no presta la atención debida cuando le hablas? De seguro te sentiste decepcionado cuando pensaste que quien no te escucha, tampoco sabe bien aquello que le compartiste. Cuando oramos a Dios, a diferencia de la conversación que tenemos con quien no nos escucha ni recibe lo que decimos, es que el Señor siempre nos atiende y responde a nuestras oraciones. Aunque no entendamos las maneras que el Señor utiliza para respondernos, no deberíamos dudar nunca, porque él sabe y conoce mejor que nadie lo que nos conviene y favorece. Hay momentos en los que pedimos que una puerta específica se nos abra, pero Dios decide abrirnos otra. Pedimos que cambie una circunstancia, pero él opta por transformar nuestro carácter, por ese motivo nos enseña a esperar.
Dios a través del profeta Jeremías nos dice: “Clama a mí, y yo te responderé”. Esta promesa no significa que Dios responderá exactamente como nosotros queremos, sino que Él lo hará conforme a su voluntad, sabiduría y propósito.

Tres maneras en las que Dios responde a nuestras oraciones:
1. CUANDO RESPONDE CON UN «SI»
Esta respuesta se da, cuando lo que pedimos, está alineado con su voluntad y vemos cómo las circunstancias comienzan a abrirse. Un “sí” de Dios produce alegría y nos hace reconocer que la respuesta no fue producto de nuestra capacidad, sino de su gracia.
2. CUANDO RESPONDE CON UN “ESPERA”
Es difícil recibir ésta respuesta, porque tendemos a querer recibir respuestas y soluciones inmediatas. Cuando Dios nos pide esperar, el sabe el por qué y lo que necesita formar en nosotros. Nuestro patriarca Abraham tuvo que esperar la promesa de ser Padre. José tuvo que atravesar un proceso antes de ver cumplido el sueño. Esperar no significa que Dios nos haya olvidado, sino que está preparando aquello que aún no estamos listos para recibir.
3. CUANDO RESPONDE CON UN “NO”
Aunque no lo entendamos, un“no” de Dios es una respuesta de amor. Pablo pidió tres veces que le fuera quitado su aguijón, pero Dios no lo hizo. En cambio, le dijo: “Bástate mi gracia” . Él descubrió que la ausencia de lo que pedía, no significaba ausencia de Dios.
Nuestra fe no puede depender solamente de recibir lo que pedimos. La verdadera fe aprende a confiar en Dios incluso cuando la respuesta es diferente a nuestra expectativa.
Cada vez que oremos, no presentemos a Dios, sólo lo que pedimos que haga. Entreguemos también el derecho de decidir cómo, cuándo y de qué manera nos responderá.
Porque algunas respuestas de Dios serán milagros que celebraremos; otras serán procesos que tendremos que atravesar; y algunas serán puertas que se cerrarán para protegernos. Dios no siempre responde como queremos, pero siempre lo hará como un Padre que conoce perfectamente lo que necesitamos. Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel Castilla
