Estar alegres no significa la ausencia de problemas o situaciones difíciles. La verdadera alegría en el corazón de un hijo de Dios, nace cuando aun en medio del dolor, decidimos confiar en Dios.
No podemos cambiar situaciones en la vida que todos hemos vivido, tales como: pérdidas, decepciones, puertas que se cierran, limitaciones físicas, económicas o emocionales. Hay momentos en los que sentimos mucha impotencia, porque queremos hacer algo y no podemos. Sin embargo, las circunstancias no tienen la última palabra sobre nuestro corazón.
El apóstol Pablo no escribió las palabras contenidas en el pasaje de hoy, desde una vida cómoda. Las escribió en medio de las dificultades que afrontó. Su alegría no estaba fundamentada en lo que sucedía a su alrededor, sino en quién estaba con él.

La verdadera alegría como cristianos, no significa negar el dolor ni fingir que nada pasa. Podemos llorar y seguir teniendo esperanza o sentir frustración y continuar confiando en Dios. Podemos reconocer nuestras limitaciones sin permitir que ellas definan nuestro futuro.
Quizás hoy no puedas cambiar la situación que estás viviendo, pero sí puedes decidir en dónde colocar tu mirada. Cuando no puedas cambiar las circunstancias, enfócate en que sí será posible cambiar la perspectiva, si te detienes en mirar hacia Dios.
El profeta Habacuc, expresó una de las declaraciones de fe más poderosas: Aunque la higuera no florezca y no haya fruto en las vides, él seguiría alegrándose en el Señor. La alegría que viene de Dios no desaparece cuando llega el dolor; muchas veces se vuelve más profunda precisamente en medio de él.
Te invito a orar hoy amado lector: “No entiendo lo que estoy viviendo, pero sigo confiando. No tengo todas las respuestas, pero tengo a Dios. Y mientras Él esté conmigo, todavía tengo razones para alegrarme”.
Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel Castilla
