La herida de abandono tiene la capacidad de afectarnos, ya que no solo duele lo ocurrido en el pasado, sino que repercute en la manera en que nos vemos a nosotros mismos, cómo miramos a los demás y cómo percibimos a Dios.
Cuando somos abandonados por relaciones significativas, el corazón suele preguntarse: «¿No fui suficiente, como para que se quedara?y ¿Por qué me abandonó?»
Ambas preguntas son peligrosas porque convierten la decisión de otros, en un juicio de valor acerca de nosotros mismos. El abandono no sólo duele por la ausencia de alguien que se marchó de nuestras vidas, sino que duele lo que se rompió y es aquello para lo que Dios nos creó. Fuimos diseñados para conectar, amar y pertenecer. Desarrollamos una identidad desde pequeños, en relación con quienes nos cuidan. Si alguno de ellos faltan, son inconsistentes, se alejan y marchan, surge en nosotros una sensación constante de inseguridad. Y a pesar de que pasen los años, la herida de abandono puede seguir hablándonos.

La necesidad constante de ser aprobados por los demás, el temor al rechazo, la desconfianza, la sensación de no encajar en ningún lugar, el miedo a que nos olviden, sensibilidad extrema cuando alguien toma distancia y nos olvida son consecuencias propias de la narrativa que el abandono produce. La herida no solo duele, sino que también deja una historia que pocas veces contamos. Expresiones tales como:
«Siempre estaré solo y nadie me escogerá.»
«Todos terminan dejándome.»
«No confío y no dependo de nadie.»
Jesús conoció muy bien el significado del abandono. Su pueblo lo rechazó, Judas lo traicionó, sus discípulos huyeron cuando más los necesitó. El Señor experimentó la más profunda soledad para enseñarnos su empatía hacia nosotros, por nuestros pecados, el abandono que otros nos ocasionó y las malas decisiones que tomamos, que nos llevan a dudar de Dios y sentirnos inentendidos. Quiero recordarte amado lector que Dios no se cansa de nosotros, no nos abandonará a nuestra suerte y mucho menos ama a algunos más que a nosotros. Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel Castilla
