Para ir de Judea a Galilea, el camino más corto era pasar por Samaria; pero muchos judíos en los tiempos bíblicos, optaban por tomar el camino más largo para no pisar la tierra de un pueblo que despreciaban. Lo trascendente de ésta historia, es que Jesús de forma intencional, tomó el camino corto porque tenía una cita divina con una mujer que llegó a un pozo cargando una historia de vergüenza y de dolor. De seguro nadie le preguntaba a ésta samaritana acerca de sus fracasos matrimoniales y de sus desilusiones.
Pero Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo a pleno mediodía. Muchos piensan que ella fue a esa hora porque el calor alejaba a todos y así evitaba la mirada de curiosos y críticos. La samaritana llegó creyendo que iba a un pozo normal, nunca se imaginó que iba a una cita con el Salvador de su alma que estaba ahí, esperándola. La conversación no inicia con reproches, sino con una petición: «Dame de beber». El Creador del agua, cansado y con sed, le pide agua y ella responde sorprendida: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?

El Hijo del Hombre (Jesús), vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. No esperó a que ella limpiara su vida para acercarse; no le importó su historial sucio y lleno de fracasos, le importó ella. Nuestro amado Salvador no es quien se queda esperando a que los limpios y puros lleguen, sino que sale al pozo a pleno mediodía a buscar a quien no tiene arreglo y perdió la esperanza. Y fue a ésta mujer y no a un rabino, a quien Jesús le da una de las promesas más hermosas del Evangelio: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva». Él prometió que el agua que daría sería una fuente de agua que salta para vida eterna y le dijo que el Padre busca verdaderos adoradores. Y buscó a una mujer que había tenido cinco maridos, no midió su valor por el pasado, sino por el propósito que tenía con ella. La conversación con el Señor, tocó el punto más sensible de su vida, pero ella no huyó ni se puso a debatir acerca de teología; solo le dijo: No tengo marido. Jesús respondió: «Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad».
Jesús no usó la verdad como un látigo, sino que la utilizó como una puerta. Cuando la verdad se habla con el lenguaje de la gracia, no destruye sino que libera. Eso logró que ella cambiara la percepción acerca de a quien tenía enfrente. Primero lo llama judío, luego profeta, y al final se preguntó: ¿No será éste el Cristo? Luego corrió a donde menos quería ir, a la ciudad, con los mismos hombres que antes la miraban de reojo. La que no quería ser vista como mensajera, terminó convirtiéndo un secreto en su testimonio de vida. Los samaritanos le dijeron: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo. Nuestro buen testimonio abre la puerta, pero quien transforma el corazón de quien nos escucha es Jesús.
Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel.
