Cuántas veces nos hemos llegado a sentir frustrados, al luchar una y otra vez contra alguna debilidad y al final llegamos a la conclusión que somos vulnerables. Algunos se sienten dolidos con Dios de pedirle en algún área de debilidad, pero sienten silencio en su petición. Dedico éste artículo a todos los que luchan por agradar a Dios cada día. No obtener aun la victoria completa en las áreas débiles, no significa que la obra de Cristo fue incompleta en la cruz y por consiguiente en nosotros. Que nos sintamos DECEPCIONADOS, no es significado que Dios haya terminado o tiró la toalla con nosotros. Una decepción aparece, cuando las expectativas que tenemos, chocan con la realidad que vemos o sentimos.
Proverbios 13:12
«La esperanza que se demora es tormento del corazón».
Hay personas que se la han pasado jugando a ser cristianos y no se tomaron en serio el apartarse del mundo y vivir una vida real de consagración para Dios. Cuando esté tipo de cosas pasan, difícilmente podremos vernos avanzar en nuestro proceso espiritual. Uno al ver pasar los años, se visualiza superando ciertas luchas de la carne, no sintiendo dolor por algunas situaciones y heridas del pasado, no volver a tener reacciones de ira o retornar a ser el blanco de tentaciones que creímos superadas. Si nos sentimos de esa manera amado lector, todavía hay áreas sin resolver.
Es decepcionante cuando comparamos lo que seriamos a estas alturas de nuestra vida espiritual, con la realidad de lo que aún somos.

Existen tres clases de decepciones a las que nos podremos enfrentar y preguntas que podemos hacernos:
1. Decepcionarnos de nosotros mismos: ¿Por qué seguimos aun haciendo lo mismo?
2. Decepcionarnos de los demás: ¿Por qué volvieron a herirme?
3. Decepcionarnos de Dios: ¿Por qué aún no recibo respuestas en lo que tanto he pedido?
Sentirnos frustrados o decepcionados, no es la
conclusión definitiva sobre nuestra vida. Todos fallamos o caemos, pero Dios promete levantar siete veces al justo. Si en algún área sientes que el Señor se ha retrasado, no significa su abandono. El apóstol Pablo describe una lucha interior muy humana: él quiere hacer lo bueno, pero descubre una fuerza antónima interior, que combate contra sus deseos.
Podemos amar a Dios de forma muy sincera y al mismo tiempo, experimentar luchas que aún no sabemos cómo vencer.
Algunas personas luego de fallarle a Dios, comienzan a definirse por sus errores como:
«Soy débil», «Jamás cambiaré», «Siempre termino haciendo lo mismo», «Ya no tengo remedio» y «Dios se decepcionó de mí».
No es lo mismo reconocer una debilidad, que convertirla en parte de nuestra identidad.
Nuestra debilidad describe un área en nosotros que necesita transformación, pero no tiene el derecho a definir TODO LO QUE SOMOS EN CRISTO. Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel.
