En la vida aferrarnos a alguien o a algo, siempre será más fácil, seguro y cómodo que soltar para siempre. Nos aferramos en las diferentes etapas de la vida, a personas, sueños, cosas materiales que adquirimos con esfuerzo, heridas que picamos una y otra vez, recuerdos y hasta el dolor por decepciones sucesivas. Dios a través de su tierno e inagotable amor, nos enseña que no podremos recibir lo nuevo que él tiene preparado para nosotros, si nuestras manos permanecen ocupadas y llenas sosteniendo lo que un día terminó.
Soltar es tan sanador y no significa que al liberarnos perdamos, aunque al principio lo parezca, sino que detrás de todo estamos confiando plenamente en Dios. Dejar ir no es señal de debilidad, sino de crecimiento y madurez espiritual. Implica reconocer que Dios puede sostener mejor, aquello que nosotros llevamos por algún tiempo, queriendo controlarlo.
Nuestra alma no fue diseñada por Dios para eternizarse en la tristeza, la melancolía o la nostalgia. Esas cargas terminan agotando nuestro corazón, así como el prolongar el resentimiento, vivir llenos de culpa o caminar con miedo. Mientras más cargados vivamos, más dolor sentimos. Por eso, cuando descargamos todo ese peso y lo ponemos en manos de Dios, encontramos verdadero descanso.

Soltar puede dolernos momentáneamente, pero quedarnos cargados y detenidos en el tiempo, nos entrega un dolor mayor. Dios hoy nos está invitando a dejar ir. ¿Qué necesitas soltar y dejar ir, amado lector? Quizás una relación, un recuerdo o una preocupación que te consume y lleva tiempo robandote la paz. Por vivir cargados y aferrados a alguien, se te cerraron puertas que esperaste estuvieran de par en par para ingresar por ellas. La fe consiste en creer que Dios guía tus pasos, aunque no veamos nada. Por eso hay temporadas donde Dios nos pide conservar y en otras su petición será que entreguemos. Guardar y entregar forman parte de nuestro crecimiento espiritual.
Soltar en las manos correctas no es perder, ya que Dios transforma cada despedida en un nuevo comienzo. Cada lágrima que derramamos, siempre será una enseñanza y cada final, se convierte en la oportunidad para ver su fidelidad a otro nivel.
Cuando dejamos ir, le estamos diciendo a Dios: Yo confío en ti, no entiendo todo lo que me pasa, pero creo profundamente en que tú conduces mi vida mejor que yo. Después de soltar, experimentamos la paz que llega, cuando dejamos de luchar y librar batallas que agotan. No te lamentes por aquello que Dios decidió mover de tu camino y recuerda que él no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel
