La empatía refleja el amor de Dios en nosotros para con los demás. Es una hermosa expresión de respeto y validación del dolor del otro, sin criticarlo ni juzgarlo. Vivimos en un mundo roto, herido, traicionado, cansado y dolido, que en silencio libra fuertes batallas espirituales. Con éste artículo, amado lector, deseo sembrarte el valor en tu corazón, de sentir el dolor, la carga y la necesidad del otro. Ser empáticos, es “ponernos en el lugar de alguien”; reflejando así, el corazón compasivo de Jesucristo. El pasaje de hoy, nos enseña cómo Dios espera de nosotros, que seamos sensibles, cercanos y humanos. Es fácil alegrarse y sentirse amado y querido cuando todo nos sale bien, pero el verdadero amor cristiano hace pausa, para acompañar al que sufre. Jesús nos dió el más grande ejemplo de empatía. Caminó entre la multitud y vió a la gente cansada y abatida, e inmediatamente sintió compasión por ellos. Otro momento empático en el ministerio de Jesús, fue al morir Lázaro. Marta y María lloraron la muerte de su hermano, pero Jesús lloró junto con ellas, a sabiendas que al poco tiempo lo resucitaria.

La empatía no siempre responderá de manera inmediata, como sucedió en ésta historia. Pero cuan sanador será encontrar esa oido escucha, esa presencia que ayuda y ese oportuno abrazo cuando tanto lo necesitamos. El mundo de hoy se hace trizas en medio de opiniones apriori y sin profundidad, sumado a la dureza de corazón. Muchos prefieren señalar antes que comprender, pero la Palabra de Dios nos invita a actuar diferente. La empatía nace cuando el orgullo se deja a un lado y comenzamos a mirar a los demás con los ojos de la gracia. Nadie conoce las goteras de la casa ajena ni las luchas internas que los demás enfrentan. Detrás de una sonrisa puede estar alguien muy ansioso y desesperado; detrás del silencio, un corazón triste y apagado; detrás de la rabia, falta de perdón y heridas profundas. Somos empáticos cuando escuchamos sin interrumpir, acompañamos sin juzgar y ayudamos sin esperar nada a cambio. Ser compasivos nos convierte en instrumentos de consuelo en las manos de Dios.
Hoy te invito a cambiarle el día a alguien, brindando una palabra amable, orar por él y ser generoso. Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
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Dios te recompense.
Pr. José Ángel Castilla
