El perdón es una decisión

En 1947, Corrie ten Boom predicaba acerca del perdón de Dios en una iglesia de Alemania. Ella había sobrevivido a un campo de concentración, donde perdió a su hermana. Junto con su familia ayudó a esconder y salvar a cientos de judíos durante la persecución nazi.
Al terminar ese servicio donde predicó, un hombre se acercó a Corrie. Ella lo reconoció inmediatamente: era uno de los guardias del campo donde tanto había sufrido.
Ese hombre le dijo que se había convertido a Cristo y que se sentía perdonado por el Señor. Luego extendió su mano hacia ella y le preguntó: ¿Me perdonas?
Corrie no quería hacerlo. Su memoria, su dolor y todo lo vivido le gritaban que era imposible. Pero acababa de predicar acerca del perdón.
Entonces oró: Jesús, ayúdame. Luego extendió su mano y lo perdonó.
La historia de Corrie nos enseña algo profundamente poderoso: Aplicar lo que predicamos. La experiencia de Corrie ten Boom nos confronta con una de las verdades más difíciles del Evangelio: Dios puede pedirnos extender hacia otros el mismo perdón que nosotros hemos recibido de Él.


Corrie podía predicar sobre el perdón mientras hablaba desde un púlpito. Pero aquel día, el Evangelio dejó de ser una enseñanza y se convirtió en una decisión. Ella había sufrido, perdió a su hermana y fue víctima de una de las expresiones más terribles del mal humano. Ahora tenía delante al hombre que representaba una parte muy importante de su dolor. Su reacción inicial fue más que comprensible: “No puedo.” Pero su oración fue extraordinaria: “Jesús, ayúdame.”
Ahí encontramos una de las claves del perdón bíblico: Perdonar no siempre comienza diciendo “puedo hacerlo”. Muchas veces comienza diciendo “Señor, yo no puedo, pero ayúdame”. El perdón cristiano no consiste en negar lo que nos ocurrió, ni tampoco que la injusticia no importó. Significa que dejamos de cargar personalmente con la deuda que le corresponde juzgar a Dios. El Señor nos perdonó primero; nosotros entonces aprendemos a perdonar desde ese perdón.
No perdonamos para conseguir que Dios nos ame, sino que lo hacemos porque ya hemos sido amados y perdonados por Dios.
La cruz es la demostración definitiva de ese amor.


Cristo no esperó que fuéramos dignos para poder morir por nosotros. Cuando comprendemos cuánto hemos sido perdonados, cambia la manera de mirar las ofensas que hemos recibido. Corrie necesitó reconocer su incapacidad y depender de Jesús. El perdón es un mandato divino y una decisión. Ora hoy: “Señor, no puedo perdonar por mis propias fuerzas, pero aquí te entrego mi dolor, renuncio en tu nombre a todo deseo de venganza y de hacer justicia por mis propias manos.” Allí comienza la libertad. El perdón no cambia el pasado, pero sí puede cambiar el poder que tiene sobre nuestro presente.
Fuimos perdonados para aprender a perdonar.
Fuimos amados para aprender a amar.
Fuimos restaurados para convertirnos en instrumentos de restauración. Recuerda que Dios no ha terminado contigo.

Pr. José Ángel Castilla.

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Rostro Pastor José Ángel

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