Hay batallas que no se libran en nuestras fuerzas físicas, utilizando nuestras manos, sino que se viven en la mente y en el corazón. El temor es una de ellas, por esa razón no siempre llega haciendo ruido; sino que entra a nuestra vida disfrazado de prudencia, de lógica o haciéndonos «esperar el momento indicado». Sin que nos demos cuenta, el temor nos convence para que no intentemos, no confiemos y no avancemos en nada. De esa forma, el temor nos roba los sueños, las oportunidades y desvía los pasos que ya habíamos dado para obedecer al Señor. Timoteo enfrentaba oposición, críticas y desafíos enormes para un joven líder. Sin embargo, el apóstol Pablo no le recordó el tamaño de sus problemas, sino la grandeza del Dios que habitaba en él.
Quizá hoy, amado lector, estés luchando con temores silenciosos. Tal vez no sea un peligro real, pero tu mente los ha alimentado una y otra vez. El enemigo de nuestras almas sabe muy bien, que si logra hacerte pensar en lo peor, el siguiente paso será que renuncies a todo lo bueno que Dios tiene para ti.

El temor nos hace sufrir por historias que nunca ocurren, pero nos roban la paz del presente. La fe y el temor siempre compiten por el mismo lugar: nuestra confianza. Cada día decidimos cuál de las dos voces escucharemos. El temor te dice: «¿Y si todo sale mal?». La fe le responde: «¿Y si Dios vuelve a sorprenderme con Su fidelidad?». El temor mira el tamaño del problema; la fe contempla la grandeza del Señor. Lo maravilloso es que Dios nunca nos deja un vacío. Él nos dice que abandonemos el temor y nos llena el corazón con aquello que necesitamos. Nos da poder para seguir adelante cuando sentimos que no podemos más; nos llena de amor para vencer la inseguridad y el rechazo; y nos concede dominio propio para responder con sabiduría en medio de la incertidumbre. Si hoy el temor te ha querido detener, recuérdale que la última palabra no la tiene él, sino que la tendrá Dios. Sus promesas son más grandes que tus dudas, Su presencia es más fuerte que tus inseguridades y Su fidelidad es mayor que cualquier escenario que tu imaginación pueda construir.
No permitas que el temor escriba el próximo capítulo de tu historia. Entrégale tus preocupaciones al Señor, da ese paso de fe que has estado postergando y descubre que, cuando Dios guía tu camino, el miedo retrocede y la esperanza vuelve a florecer. Quien camina de la mano del Padre nunca camina solo. Hoy el temor se ha normalizado tanto, que muchos ni siquiera lo identifican como el verdadero obstáculo detrás de su estancamiento espiritual; por eso Pablo le escribe esto a Timoteo, un joven líder que enfrentaba intimidación propia de su edad y también por la persecución de su época. Le recuerda algo esencial, que el espíritu de temor jamás provino de Dios. Todo temor que te paraliza, que te aleja de tu propósito y que te hace dudar de la fidelidad de Dios, tiene un orígen diabólico, por lo tanto, debe ser identificado, confrontado y derribado en el nombre de Jesús. Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel Castilla
