Hay preguntas que aparentemente son sencillas, pero tienen tanta profundidad y poder para confrontarnos. Una de esos interrogantes me lo hice al repetirme la película La Forja y fue: ¿Soy fuente o desagüe? Responderme a esa pregunta que titula el artículo de hoy, me llevó a pensar en la clase de influencia que ejerzo sobre la gente que Dios ha puesto a mi alrededor.
Una fuente es un lugar del que brota agua que da vida, refresca y sacia la sed. Un desagüe, en cambio, es el lugar por donde se evacúan los residuos. Si llevamos ambas imágenes a la manera cómo nos relacionamos, podemos entonces preguntarnos: ¿Qué brota de nuestro interior? ¿Palabras que edifican o destruyen? ¿Esperanza o desánimo? ¿Paz o conflicto?
Nuestras palabras y actitudes son el reflejo de lo que hemos permitido que habite en nuestro corazón.

Cuando vivimos acumulando resentimiento, amargura, envidia o frustración, corremos el riesgo de convertirnos en canales de desagüe que contaminan nuestras relaciones. Pero cuando permitimos que Dios sane nuestro interior, podemos convertirnos en instrumentos de restauración, consuelo y esperanza. Ser una fuente no significa fingir que todo marcha bien, sino aprender a procesar nuestras heridas sin que dañen o hieran a los demás. Ser una fuente no es quedarse callados frente a lo incorrecto, sino hablar la verdad con amor. Tampoco implica resolver los problemas ajenos, sino aportar algo bueno a quienes nos rodean.
El proverbista declara a la altura del capítulo diez, que la boca del justo es fuente de vida. Dios desea que nuestras palabras transmitan vida, que nuestra presencia inspire confianza y que nuestras acciones reflejen su carácter.
Para ser verdaderas fuentes, necesitamos acercarnos continuamente a la única fuente del cual brota el agua de vida y es Jesús. No podemos ofrecer agua fresca, si vivimos desconectados de quien renueva nuestras fuerzas. La oración y la lectura de la Palabra, nos ayudan a limpiar el corazón y a revisar nuestras motivaciones.
Cuando las personas hablan con nosotros, ¿se sienten edificadas o heridas, animadas o desalentadas, más cerca o más lejos de Dios?
No siempre podemos controlar lo que recibimos de los demás, pero sí podemos trabajar en lo que sale de nosotros.
No vivas siendo el desagüe que esparce las heridas de tu corazón. Permite que Dios te transforme en una fuente que lleve vida, esperanza y restauración. Recuerda que el Señor no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel
