Jesús transforma nuestras circunstancias y también renueva nuestro interior.
Para sanarlo Jesús le pide al hombre de la mano seca que se ubicara en medio y delante de todos los fariseos en la sinagoga. Luego pregunta a los presentes si era lícito hacer el bien o hacer el mal un día sábado. Ellos guardaron silencio y no pronunciaron ninguna palabra.
Cuánto daño nos hace el silencio y el callar ante preguntas importantes e incómodas.

1. Una verdad que no querían reconocer.
Conocían la Escritura, pero la pregunta de Jesús los enfrentaba con una contradicción: les preocupaba la defensa de la interpretación religiosa del sábado, que la posibilidad de restaurar a un hombre.
«El silencio más peligroso no es el de quien no tiene respuestas, sino el de quien ha escuchado la verdad y no quiere rendirse ante ella».
2. Un corazón cerrado a la corrección.
Jesús no solo estaba hablando de una mano enferma; estaba poniendo al descubierto una actitud interior. Ellos tenían delante al necesitado, pero su reacción no fue de compasión.
Cuando alguien nos confronta con amor, ¿Escuchamos para aprender o callamos para no tener que cambiar?
3. El temor a quedar expuestos y una conciencia insensible a la compasión.
La pregunta de Jesús los colocaba frente a un dilema moral: hacer el bien o dejar que prevaleciera la indiferencia.
El hombre estaba delante de ellos. Su necesidad era visible. Jesús estaba dispuesto a restaurarlo. Sin embargo, los fariseos no respondieron a la pregunta desde la compasión.
El Señor los miró con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones. La Biblia además de éste momento de enojo de Jesús nos muestra cinco momentos más:
* Con los vendedores y cambistas por la profanación del propósito del templo.
* Con los discípulos al impedir que los niños se acercaran a él.
* Con los Líderes religiosos por su Hipocresía e injusticia.
* Con Pedro por su Oposición al camino de la cruz.
* Con la higuera por su falta de fruto.
Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel
