Hay personas que pueden mostrarse sanas por fuera, pero espiritualmente se han secado por dentro. Perdieron la sensibilidad y su disposición de cambiar. Podemos hacer mucho en nuestro servicio a Dios, pero nuestro corazón perdió la motivación y ya no siente. Nuestra mente puede estar llena de conocimiento bíblico, pero una voluntad débil e incapaz de obedecer, cuando Dios nos pide hacer algo que nos incomoda. El Evangelio de Marcos narra el momento en que Jesús entra a una sinagoga y encuentra a UN HOMBRE CON UNA MANO SECA. Tenía atrofia muscular y sus músculos habían perdido volumen y fuerza. Tenía lesiones nerviosas por una posible enfermedad neurológica que lo llevó a una inmovilización prolongada. Algunos estudiosos piensan que éste hombre pudo haberse dedicado a la albañilería. La palabra griega xērán en éste pasaje, significa: Seco (que perdió su humedad natural), marchito o reseco (privado de su condición normal de vitalidad) y árido (carente de humedad).

En resumen, Jesús encuentra dos realidades al entrar a la sinagoga: Un hombre que necesitaba SANIDAD y un grupo de personas aparentemente sanas con un CORAZÓN ENDURECIDO e indiferentes ante el sufrimiento ajeno. Cuando analizamos en el antiguo testamento, encontramos en el libro de Ezequiel que Israel experimentó las consecuencias de su rebelión contra Dios. Se volvieron:
1. Idolatras y se contaminaron con las costumbres de otras naciones.
2. Desobedecieron los mandamientos y profanaron del nombre de Dios por su mala conducta.
Perdieron su tierra, su ciudad y su templo, símbolos fundamentales de su identidad como pueblo del pacto. El Señor entonces, les promete limpiarlos, darles un nuevo corazón y renovar su Espíritu. El diagnóstico de Dios para ellos fue que tenían un corazón de piedra. Esto significaba:
A. Resistencia a la corrección.
B. Insensibilidad ante el sufrimiento.
C. Una voluntad endurecida. En resumen: resistencia a obedecer a Dios.
La promesa de Dios fue darles un corazón de carne. Ésto significa: Sensibilidad a la voz de Dios, capacidad de reconocer el pecado y disposición para cambiar. Recuerda que el Señor no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel
