Cuando servimos a los demás con pasión y entrega, enfocados siempre en que lo hacemos para el Señor, podremos experimentar hostilidad y ataques en nuestra contra. Así le ocurrió al salmista David. Había vencido al gigante Goliat, las mujeres del pueblo cantaban un coro exaltando su proeza, Dios lo había ungido, levantado y respaldado pero la mayor amenaza en contra de su vida era el rey Saúl. La Escritura registra que cuando un espíritu inmundo atormentaba al rey, David tomaba su arpa y tocaba, y el monarca Saúl sentía alivio de su tormento. ¡Qué paradoja! el hombre a quien Saúl intentó clavarle una lanza, era el mismo que traía descanso para su alma. Qué triste y desconcertante que mientras más fieles somos, más lanzas se levantan en nuestra contra. Dedico éste artículo a todos aquellos lectores que han sentido oposición y les han calumniado e injuriado. No temas a esas lanzas malintencionadas de personas que un día bendijiste y hoy hablan mal de ti. Las lanzas nacen en el corazón y se levantan para dañar y destruir.

Antes de que Saúl levantara la lanza en contra de David, primero la levantó dentro de su corazón. Todo inició el día en que las mujeres del pueblo deslumbradas por la fuerza y el coraje de David, cantaron: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles». El pasaje dice que Saúl se enojó en gran manera y pensó: «A David le dieron diez miles, y a mí miles; a éste no le falta más que el reino». Desde aquel día Saúl miró con malos ojos a David.
El salmista no le hizo daño ni enfrentó a Saúl, siguió tocando y portándose con prudencia. El que estaba herido, resentido y celoso fue el rey Saúl. El diablo siempre aprovecha las grietas del alma y encontró una en la envidia de Saúl, para desde allí quedarse y atacar. Por esa razón, la lanza no fue un acto de arrebato, sino el fruto de los celos que Saúl dejó crecer en lo secreto. La Escritura revela que el rey estaba temeroso de David, porque el favor de Dios estaba con él. Ya Dios se había apartado de Saúl. Él no temía al arpa o a la honda de David. El temía a lo que no podía imitar y era la presencia de Dios en la vida de aquel joven.
Hay gente envidiosa que se deja usar por el enemigo para levantarse en contra de lo que Dios ha puesto en nosotros: Gracia, conocimiento y respaldo divino. La unción de Dios, el diablo no la tolera, por eso utiliza lanzas que brotan de corazones dolidos y dañados. Me sorprende que David siguió tocando y Dios lo guardó porque su respaldo estaba con él. David tocaba y nunca cambió su conducta pese a la oposición, no dejó de adorar ni dejó de ser fiel a Dios. La lanza estaba en la mano de Saúl, pero el arpa seguía en la mano de David. Así obra el Señor con los suyos, no quita la lanza de la mano del enemigo, pero sí gobierna y decide el lugar en dónde cae.
Cuando todo se torne tenso a nuestro alrededor, no cambies tu melodía de adoración por un reclamo. La adoración es la respuesta de aquél que sabe quién lo sostiene.
Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel
