La Palabra de Dios nos enseña que todo aquel que se rinda a Jesús, es una nueva criatura. La Biblia no dice que seremos mejorados o reparados, sino que seremos nuevos. Dios no le pega curitas a nuestras heridas y mucho menos parches a los rotos de la vida. El quita nuestros remiendos y nos viste de ropas nuevas. La cruz no fue un taller de reparaciones, sino que fue el lugar donde lo viejo murió y una nueva vida comenzó. El Espíritu Santo hoy nos quiere recordar, que si estamos en Cristo, nuestra historia no la define lo que fuimos, sino Aquel que nos hizo nuevos.
No existe manera de estrenar lo que Dios nos da, si no entregamos lo que el pecado dañó en nosotros. Dice la escritura: «Somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva». Antes de la resurrección hubo un sepulcro y antes del amanecer hubo una noche.

El viejo hombre, con sus costumbres, ataduras y orgullo, fue clavado con Cristo. El Señor no nos pide que lo reanimemos, sino que siempre permanezca crucificado junto con Él. Un día Lázaro es llamado por Jesús, en el lugar donde se encontraba. Lo llama por su nombre y él salió vivo del sepulcro, pero todavía atadas las manos y los pies con vendas, y su rostro envuelto en un sudario. Había resucitado pero no podía caminar y Jesús dijo: «Desatadle y dejadle ir». Hay creyentes redimidos por la sangre de Cristo, pero aún continúan arrastrando las vendas del pasado, la culpa que Dios ya les perdonó, una etiqueta que otros les pusieron y un hábito que ya murió en la cruz. Hoy Jesús te dice: «Deja que te desaten; lo que yo enterré, no lo desentierres tú». Lo que murió en la cruz no tiene derecho a volver a gobernarte, porque la vida nueva nace donde la rendición es completa.
Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel.
