Todos luchamos en diferentes áreas de nuestra vida en las que somos muy vulnerables. Hay debilidades que conocemos, luchas que hemos enfrentado con el paso de los años y errores en los que pese a haber prometido no recaer, terminamos reincidiendo. Es allí cuando aparecen entonces: la culpa, la vergüenza y la extraña y fría sensación de estar atrapados en el lodo, del que no sabemos cómo salir.
La Palabra de Dios nos enseña, que una caída no tiene por qué convertirse en nuestro lugar de residencia.
El pasaje de hoy, nos enseña que el justo aunque caiga, volverá a levantarse. La cuestión no está en vivir una vida sin tropiezos, sino una que aprendió a regresar a Dios cada vez que tropieza.
¿Qué hacemos entonces con nuestras debilidades?
1. RECONOCERLAS SIN JUSTIFICARNOS
La gracia de Dios no nos invita a negar nuestro pecado, sino a confesarlo a Dios, porque él es es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad”.

2. LLEVAR NUESTRA DEBILIDAD A CRISTO
No nos escondamos de Dios. La culpa nos dice: “Aléjate de Dios porque fallaste”. El evangelio nos dice: “Acércate a Él porque necesitas de su gracia”. En la carta a los Hebreos, el autor nos invita a acercarnos confiadamente al trono de la gracia, para recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.
3. IDENTIFIQUEMOS QUE NOS HACE REINCIDIR
No basta con lamentar la caída, necesitamos examinar qué pensamientos, ambientes, hábitos, relaciones o decisiones nos conducen nuevamente hacia ella. El arrepentimiento verdadero implicará cambios concretos.
4. APRENDAMOS A LEVANTARNOS
No nos quedemos atrapados en la vergüenza. La culpa puede llevarnos al arrepentimiento, pero la vergüenza destructiva siempre querrá definirnos por el peor momento que vivimos. En Cristo, nuestra caída puede convertirse en un lugar de aprendizaje, dependencia y transformación.
Pablo conocía sus propias luchas y aun así, declaró: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” Filipenses 4:13.
Tal vez hoy hayas vuelto a caer en aquello que querías superar. No te revuelques en el lodo de la condenación. Reconoce, confiesa, aprende, levántate y vuelve a caminar.
Dios no aprueba nuestro pecado, pero tampoco abandona al que sinceramente vuelve a Él. La debilidad no tiene la última palabra; la gracia de Dios sí. Recuerda amado lector, que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel
