
El problema de sentir dolor físico producto de una enfermedad, es el sufrimiento constante y también la manera en la que esta condición termina definiendonos. No se amado lector si te identifiques conmigo, pero no me agrada sentirme enfermo, que algo me duela o me limite en mi vida cotidiana. Hubo una mujer en la escritura, cuyo nombre no se registra, pero lo más grande por lo que podemos recordarla fue por su fe. Dios no la minimizó al permitir que fuese conocida por su condición física, más bien permitió su enfermedad para él glorificarse. Doce años con un flujo de sangre, la hizo gastar sus recursos en médicos y nada funcionó. Tantos años de sangrado constante debilitaron su cuerpo, le restaron la esperanza y la ilusión hasta cuando Jesús intervino. Él pasó por encima del dolor físico y el rechazo que experimentó para sanarla completamente. Ésta mujer, fue marcada por la enfermedad con la que se acostumbró a vivir, así como su forma de hablar. Ya no decía: Estoy herida, sino, yo soy así; porque cuando se padece de una enfermedad durante muchos años, se pierde la esperanza de sanidad, se aprende a convivir con la enfermedad, hasta que ella afecta nuestra identidad.

Cuídate mucho amado lector de pensar así. No te quedes en un pensamiento negativo marcado por la costumbre al sufrimiento y la desesperanza. El dolor no puede ser nuestra etiqueta, desde tu interior clama a Jesús por una sanidad integral y completa. Física, emocional y espiritualmente, corre y lánzate a tocar el borde de su manto. ¡No te conformes más! ¡No te acomodes al rechazo, la queja y la duda! Ésta mujer creyó que si tocaba el borde de su manto recibiría un milagro de sanidad y así sucedió. Dios quiere sanarte de las heridas que aún sangran dentro de ti, Él te ama con amor eterno y no siente asco de tu condición. Él no te ha desechado y no quiere que tu herida sea la forma en que te presentas ante la vida. Él no vino a poner palabras que justifiquen tu estado, el vino a romper con la identidad que construiste con el sufrimiento. Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel Castilla