
Los altares en el antiguo testamento tenían características muy particulares, siempre había un sacrificio y un ofrendante. Hoy amado lector, quiero entregarte algunos puntos que definen un altar a la luz de la Biblia.
Un altar era un lugar de:
1. Encuentro con Dios.
Allí Dios se revelaba y el hombre respondía. El padre de la fe, Abraham edificó un altar cuando Dios se le apareció. El altar nace como respuesta a una revelación del Señor.
2. Sacrificio.
Allí se ofrecían animales, frutos o incienso. El sacrificio subía como “olor grato a Jehová”.
3. Muerte, entrega y renuncia.
4. Pacto y adoración.
El altar sellaba una relación continua con Dios. Noe edificó un altar después del diluvio.
5. Nuevos comienzos.

Hoy día pasamos del altar físico, a un altar espiritual. Con Cristo, el altar dejó de ser externo para convertirse en uno interno.
Los altares bíblicos eran de:
TIERRA (sencillos, simbolizaban humildad) PIEDRAS SIN LABRAR (Elementos naturales, sin intervención humana)
BRONCE (altar del tabernáculo) El bronce simboliza juicio y sacrificio. Apunta directamente a la cruz de Cristo.
MADERA RECUBIERTA DE BRONCE. Símbolo de humanidad. El bronce simboliza juicio. Cristo cargó el precio de nuestro pecado. PIEDRA TRABAJADA.
El sacrificio animal quedó atrás y ahora nuestro corazón rendido, contrito y humillado, es el altar que Dios desea que ofrezcamos. Nuestra carne no se convierte ni muestra signos de mejora, estamos llamados a crucificarla y hacerla morir. La carne no puede ni podrá agradar a Dios.
Un altar representa rendición total. Allí no se negocia, lo que dedicamos no lo podemos bajar del mismo.
Crucificar la carne es una decisión diaria. El fuego del altar revelará lo que somos. Así como el fuego consumía el sacrificio; hoy ese fuego del Espíritu Santo revelará y quemará lo que no agrada a Dios, porque la carne no resiste el fuego del altar, por esa razón ella detesta el altar y los sacrificios. La carne quiere un cristianismo cómodo, no uno crucificado. Mientras el cuerpo no se rinda, la vida espiritual será inestable.
Recuerda que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel Castilla