
Vivimos en medio de un mundo que ha convertido su cuerpo en un CAMPO DE BATALLA: Se idolatra, se explota y se usa sin entender el propósito eterno de Dios.
Muchos desean una vida espiritual profunda, pero viven frustrados porque no logran avanzar. Oran, ayunan, sirven, pero sienten una lucha constante. El problema amado lector, no es Dios, ni la Palabra, ni el Espíritu Santo. El campo de batalla principal no es el exterior, sino nuestro propio cuerpo.
En el Antiguo testamento, la Biblia registra sacrificios de animales que debían morir para poder ser dedicados. Era un altar físico preparado con diferentes materiales según instrucciones de Dios. En el Nuevo testamento, el sacrificio que se entrega está vivo, es ahora nuestro propio cuerpo, nuestro corazón rendido y humillado. Somos entonces, ALTARES VIVOS, entregados de continuo a Dios, por eso ya no somos instrumentos del pecado. Somos sacrificio y altar vivo para Dios, la carne debe morir cada día, por eso no debemos alimentarla. Identifiquemos y estudiemos en éste y los siguientes artículos, las luchas que impiden la CONSAGRACIÓN DEL CUERPO.

LA CARNE SE RESISTE AL ALTAR, ella comienza controlando nuestros pensamientos y luego nuestras acciones. En la mente se gesta una batalla donde se decide si obedecemos al Espíritu o a la carne. Cuando abres tu mente al temor, a la queja, al orgullo o al deseo desordenado, la carne gana terreno. Si sometemos nuestra mente a la Palabra de Dios, la carne pierde autoridad. La victoria no empieza cambiando lo que haces, sino renovando lo que piensas. La mente alineada con Dios produce una vida dominada por el Espíritu. La Biblia habla de la carne, no como el cuerpo físico, sino como la naturaleza humana caída e inclinada a vivir independiente de Dios. Cuando la carne gobierna, el resultado siempre es pérdida espiritual, aunque al inicio parezca satisfacción. Ella promete placer, pero produce esclavitud. Que el fuego de su Espíritu consuma en el altar del corazón todo pensamiento y acción de la carne, que nos impida agradar a Dios. Recuerda que él no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel Castilla