Isaac vivió momentos difíciles: Hubo hambruna en la tierra, le envidiaron, encontró pozos tapados, y un rey que le dijo que se apartara. Isaac cavó y obtuvo agua, peleó por ella y llegó a Beerseba sin fuerzas y sin respuestas. Allí se le apareció Jehová aquella noche y le dice: «Yo soy el Dios de Abraham tu padre; no temas, porque yo estoy contigo». Él no le prometió que los enemigos iban a desaparecer ni que los problemas se acabarían esa misma semana. Tampoco le dijo que sería rico al instante, sino que le entregó lo más grande que Dios nos puede decir y entregar y es Su presencia. El Señor no siempre quitará la crisis de manera inmediata, pero siempre entra en ella contigo. Hasta ese momento, Isaac conocía al Dios de su padre Abraham por relatos. Había oído del altar, del carnero en el monte; pero esa noche lo conoció por experiencia propia. ¿Cuántas veces has escuchado testimonios de otros, mientras Dios espera conocerte a ti en tu propio desierto? Hay experiencias de la presencia manifiesta de Dios que sólo llegan a solas, cuando ya no queda nada más que asirnos de Él.

Isaac cavó varios pozos. Al primero lo llamó Esek, que significa contienda, al segundo, Sitna, que significa enemistad; pero no se quedó viviendo en esos nombres. Siguió cavando hasta que encontró uno por el que nadie riñó, y lo llamó Rehobot, y dijo: Porque ahora Jehová nos ha prosperado, y fructificaremos en la tierra. Hoy Dios nos continúa hablando y nos pide insistir y volver a intentar en aquello que pensábamos darnos por vencidos. En medio de la hambruna, él se enriqueció, fue prosperado, y se engrandeció hasta hacerse muy poderoso. Los demás pasaban escasez pero Isaac crecía en todo, porque la presencia de Dios estaba con él. La bendición llegó mientras seguía cavando, porque Dios bendice al que no se detiene a devolver cada golpe, sino en aquellos que se concentran en abrir el siguiente pozo.
Un día, Abimelec, el mismo rey que lo había mandado a irse, llegó hasta Beerseba con su consejero y el capitán de su ejército. Isaac le preguntó: ¿Por qué vienes a mí, pues me has aborrecido y me echastes de entre ustedes? Y la respuesta del rey fue: «Hemos visto que Jehová está contigo; y dijimos: Haya ahora juramento entre nosotros y tú».
Isaac no organizó ninguna campaña para limpiar su nombre, ni salió a dar explicaciones por haber prosperado, sino que la presencia de Dios sobre su vida habló más fuerte que cualquier argumento. Los que antes lo rechazaban terminaron buscando la paz con él. Recuerda hoy y siempre amado lector, que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel.
