Cuando pedimos en oración algo con mucho anhelo y fervor, tenemos la expectativa de recibir una pronta respuesta a nuestra súplica. Podemos incluso, llegar a pensar que Dios se tarda demasiado en responder. Quien ora, debe aprender también a esperar, creyendo que lo que Dios prometió se manifestará. Para esos momentos en que nuestra fe se pregunte: ¿Será que Dios se olvidó de mí?
La Biblia nos da una respuesta contundente: «Dios no olvida sus promesas».
Nuestra esperanza no está fundamentada en las circunstancias, sino en el carácter de Aquel que prometió, porque Dios es fiel.
Nuestro padre de la fe, Abraham, recibió una promesa y tuvo que esperar más de veinte años, antes de verla cumplida. José recibió sueños de parte de Dios, siendo un niño, pero antes de verlos cumplidos atravesó el rechazo, la esclavitud y la cárcel. De igual manera, David fue ungido como rey de Israel, pero tuvo que esperar muchos años, mientras huía del rey Saúl. Cada una de estas historias, tuvo un elemento común: la promesa llegó antes que el cumplimiento.

Esto nos enseña que mientras esperamos y no veamos respuesta, no significa que Dios cambió de opinión. No podemos confundir
demora con abandono. Aunque las circunstancias nos muestren que Dios no está obrando, él sí trabaja precisamente en aquello que nosotros no podemos ver. El profeta Isaías en el capítulo 55, nos recuerda que la palabra que sale de la boca de Dios no vuelve vacía, sino que cumple aquello para lo cual fue enviada.
Cuando Dios habla, nuestra responsabilidad no es la de acelerar el proceso, sino permanecer fieles en la espera.
Esperar desarrolla algo que el cumplimiento inmediato no produce y son: carácter, dependencia, perseverancia y confianza en Dios. Si hoy, amado lector, estás esperando respuesta a algo grande: La restauración de una relación, una nueva oportunidad, provisión económica o el cumplimiento de una palabra que Dios puso en nuestro corazón. No permitas que el tiempo te haga dudar de la fidelidad de Dios.
Si Dios prometió, Él sigue siendo fiel. Quizás no llegue cuando lo esperabas, ni de la manera que imaginabas, pero puedes confiar en que Dios nunca pierde el control de la historia.
El libro de Números nos declara: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de Hombre para que se arrepienta.”
La promesa no depende de la perfección de nuestra espera, sino de la fidelidad de quien prometió.
Por eso, continúa creyendo, obedeciendo y caminando.
El silencio de Dios no significa ausencia. La espera no significa olvido. Y la demora no significa negación. Nunca olvides que Dios no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel Castilla
