Tres décadas de mi vida las he dedicado a la vida eclesial, convertí en hábito, el congregarme cada domingo. En un ambiente vibrante de adoración, escucha de la predicación de su Palabra y oraciones elevadas a Dios, fue el medio para tener una comunión especial con el Señor una vez a la semana. En esos servicios dominicales he tenido importantes momentos de intimidad y revelación de Dios a mi corazón. Podemos llegar a pensar que Dios sólo escucha ese tipo de oraciones asociadas a un culto especial de adoración. En la Biblia, encontramos a una mujer llamada Ana, que llevaba años cargando una profunda tristeza. Tenía el anhelo de tener un hijo y las heridas acumuladas por la espera habían agotado su corazón. Una vez más, llegaba al templo para encontrarse con el Señor. En ese instante ocurre lo extraordinario. Ana ora, pero nadie puede escucharla.
Sus labios se mueven, pero no sale ningún sonido. Su dolor es tan profundo que las palabras parecen quedarse cortas.

El sacerdote Elí se queda observándola y malinterpretar la escena, pensando que estaba ebria. Nunca imaginó que frente a sus ojos, estaba ocurriendo uno de los encuentros más sinceros con Dios registrados en la Biblia. Escrituras.
Cuando Ana le explica lo que sucede, se revela el verdadero significado de su oración:
«He derramado mi alma delante del Señor». Y Dios la escuchó. La oración de Ana no fue elocuente ni estructurada. Fue simplemente el desahogo de un corazón quebrantado delante de un Padre que siempre escucha.
Hoy día eso sigue estando vigente en nuestra vida, amado lector. Hay momentos en los que el dolor es demasiado profundo, nos podemos sentir confundidos y cansados para encontrar las palabras adecuadas en el momento de orar. Nuestra esperanza descansa en el carácter de Dios. Él escucha las oraciones pronunciadas con voz firme, pero también comprende los suspiros, las lágrimas y los silencios.
El Dios que creó nuestro corazón conoce también su lenguaje. A veces éste va mucho más allá de las palabras. Lo que nadie más pudo escuchar en el templo, el Señor lo oyó con absoluta claridad. Y lo mismo ocurrirá contigo. Si hoy te cuesta orar, no te alejes de la presencia de Dios. Acércate tal como estás. Derrama tu alma delante de Él. Aunque tus labios apenas se muevan y tu voz se apague entre las lágrimas, tu Padre celestial entiende perfectamente lo que tu corazón quiere decir.
Porque, cuando el corazón habla, Dios siempre escucha y recuerda que él no ha terminado contigo.
Pr. José Ángel Castilla
